El miedo lleva a la ira

Como decía en el post de la semana pasada, el miedo lleva a la ira, y esta nos predispone a atacar. Cuando tenemos miedo, sea este consciente o no, nuestro cuerpo se prepara para huir, para escapar, o para atacar. Nuestros músculos se llenan de adrenalina y sangre para estar preparados, nuestro cerebro piensa rápido y la reflexión no tiene cabida en ese momento así que… un gesto que interpreto erróneo, un tono de voz que percibo ofensivo… y boom! Estalla la ira. … y nos sale a borbotones, casi sin darnos cuenta.

Es por esta razón que, en muchas ocasiones, pasamos al actor principal, al desencadenante de todo, el miedo, por alto, y nos centramos en la ira, la hermana visible y ruidosa. La ira es descarada, altiva, vengativa, y nos pone en una situación de poder frente al mas débil. Y cuando el mas débil es nuestro hijo, ¿Qué?

Descargamos sin miramiento nuestra frustración,  nuestro cansancio, nuestra intolerancia o impaciencia ante quien más nos quiere, y lo peor es que, no sabemos parar. O a veces, no queremos parar. Porque también fuimos niños y descargaron con nosotros, porque no salio tan mal y aprendimos, porque “debemos enseñar con disciplina”, y se nos olvida que, como vengo diciendo, el miedo lleva a la ira, y viceversa. Así, los niños se vuelven sumisos o rebeldes, según su fortaleza de carácter, y nosotros nos movemos siempre en una espiral que no sabemos cómo parar.

Hoy te propongo otro ejercicio. Dile basta a la ira. Cuando te veas a tí mismo gritando, sin parar, levantando el dedo acusatorio y vomitando mentiras como que tu hijo es lo peor, o que es un desordenado o un trasto. Para. Tápate la boca si es necesario pero para. Ve a otra habitación, respira. Respira hondo y profundo. Toma consciencia de la altura de tu hijo y mira el “monstruo” tan grande al que te enfrentas.

Toma consciencia de que, con tan corta edad, no puede haber hecho algo tan grave, como para recibir tal carga de responsabilidad. Baja a su altura, mira sus ojos, y mira el niño que fuiste. Conecta con el niño al que abroncaban, al que tal vez pegaron, al que le repitieron que era un irresponsable, un cabezota, un idiota o algo peor quizá. Abraza a tu hijo y siente como abrazas al niño que fuiste. Y vuelve a empezar de nuevo.

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