Los límites. La inseguridad de no ser aceptado

El tema de los límites es uno de los más recurrentes en la cuestión educativa. ¿debemos ponerlos? ¿sabemos ponerlos? ¿son necesarios? ¿Cómo los pongo? … son preguntas que nos vienen a la cabeza y que nos llevan a la duda constante.

Los límites están presentes en la vida de muchas formas y hay un buen porcentaje de ellos que tienen el cometido de velar por nuestra seguridad. Un útero es un límite. La bolsa amniótica es otro. Un abrazo, un muro de contención, … y así podría seguir. Los límites nos rodean y nos marcan el camino. Eso es bueno en muchas ocasiones. Si no hubiese límites en las carreteras podríamos caer y morir.

Sin embargo, cuando hablamos de educación, los límites son cuestionados y odiados argumentando que limitan (función principal del límite, por cierto) al individuo. Y es verdad. Lo limitan por su salud en muchas ocasiones, por su bienestar. Pero aún así, nos sentimos mal como padres cuando ponemos un límite.

Esto no ha sido así siempre. Los padres de las generaciones anteriores tenían claro que su función era velar por la seguridad de los hijos y no dudaban. Hacían lo que consideraban necesario. Aunque ello supusiera un daño físico y emocional en el niño. Así, hemos pasado de poner límites en casi todo y de manera abrupta y violenta a casi no ponerlos por miedo a no saber.

De la seguridad al miedo.

Miedo a no saber ponerlos, a la reacción del niño, a causar un daño en su persona, miedo a que no nos quieran al fin y al cabo. Porque cuando ponemos un límite estamos marcando un camino y eso no siempre gusta. Y eso es bueno también. No siempre nos tienen que gustar los límites. Así se cambia, se pacta, se llega a caminos nuevos. Pero el límite es necesario.

Y poner límites no es fácil para el adulto. Un adulto marcado por una infancia limitante, que no delimitada, en la que no podía opinar sobre casi nada, en la que su voz y su voto eran inexistentes y deseaba fervientemente dar un paso más cuando fuese padre o madre.

Está bien. Es una manera de avanzar. Pero se nos ha olvidado algo en el camino. Somos padres. No somos amigos de nuestros hijos. No debemos. Por que los amigos nos cuidan o no, según decidan. Los padres tienen como función principal el cuidado de sus hijos. Y como padres, debemos delimitar, que no limitar! el camino algunas veces. Y cuando sea necesario, seremos firmes aunque no autoritarios ni mucho menos viles o violentos, pero firmes como el muro que no te deja caer al precipicio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *